PSICOLOGÍA: Compañeros tóxicos

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Unos buenos ingredientes no siempre hacen un buen caldo. Tener mucho talento no presupone compromiso. Muchos equipos de trabajo y deportivos acumulan muchísimo talento entre sus miembros pero no llegan a funcionar como auténticos equipos.

Texto: José Carrascosa, psicólogo del deporte (twitter: @sabercompetir)
Imagen: Carmen Rives

La cohesión interna es una de las claves que diferencia a un equipo de un grupo cualquiera. No les viene dada solo por ser buenos jugadores, por coincidir en la misma plantilla o pertenecer a un gran club. Solo cuando surge la cohesión interna, el compromiso y la complicidad, sobretodo en la tarea,  se puede hablar de un auténtico equipo. En el Atlético, el talento se sostiene sobre un sentimiento o compromiso colectivo. Otros muchos equipos son grupos de futbolistas que jamás llegan a ser un auténtico equipo.

Ahora resulta más difícil construir un equipo a partir de una buena plantilla. Los jóvenes están más preparados que nunca, pero sus valores han cambiado respecto a los de generaciones anteriores. Son más individualistas, cultivan sus relaciones apoyándose en las redes y hablan antes con su smartphone que con la persona que tienen al lado. Son  selectivos en sus relaciones personales y menos tolerantes con los que consideran diferentes o ajenos a ellos. Prefieren guardar las distancias y mantener una convivencia serena pero sin gran implicación emocional. Son más racionales y menos temperamentales. Se mueven por metas personales y les cuesta establecer complicidad por objetivos colectivos. Evitan pronunciarse en puestas en común, aplicándose aquello de quien calla otorga. Son prudentes y cómodos, sin estar dispuestos a arriesgar demasiado en el plano personal.

Entre familiares o amigos hay abrazos y discusiones, de todo un poco. Y ese rico intercambio emocional les une y les compromete entre ellos. Hoy en día hay menos tiempo compartido en los equipos, limitándose a la convivencia en entrenamientos, desplazamientos y partidos. No suelen compartir tiempo más allá del relacionado con su trabajo. No discuten pero tampoco crean lazos comprometedores entre sí.

No se puede esperar a que la cohesión interna surja a partir del trabajo del entrenador y de los buenos propósitos de los futbolistas. Ese alma colectiva se ha de construir de forma activa mediante un laborioso trabajo, a veces encubierto, de ingeniería grupal que contempla múltiples acciones dirigidas y coordinadas por el entrenador, a cuyo esfuerzo debe  sumarse la colaboración activa del resto de integrantes del equipo: futbolistas, cuerpo técnico, miembros de los servicios médicos, utilleros…

Construir un equipo no está exento de dificultades. A las derivadas de intentar alinear los intereses individuales con los colectivos, hay que añadir lo difícil que lo puede poner algún integrante del equipo.

Algunos futbolistas restan claramente en lo colectivo y ponen en peligro la supervivencia del equipo. Suelen ser una minoría pero están ahí, en muchos equipos. Les llamo “compañeros tóxicos” porque intoxican la buena convivencia y el buen clima de trabajo, abriendo grietas en el vestuario y haciendo muy difícil la cohesión interna. Llegan a impedir que surja el alma colectiva. Existe una tipología de personajes tóxicos bien conocida por los que trabajamos en equipos de fútbol.

Estas tipologías de personajes tóxicos no se suelen dar en estado puro. Varias pueden convivir en un mismo futbolista.
Seguro que cada lector irá poniendo cara y nombre a cada uno de estos personajes tóxicos. Es posible que alguno se identifique él mismo como un posible compañero tóxico para su equipo. El enfoque más fiable para ventilar los equipos de personajes tóxicos no es el coercitivo, sino el educativo. Se trata de tomar conciencia, argumentar, convencer y enseñar sobre la potencialidad del equipo y sobre aquello que suma o que resta en la construcción de la cohesión interna, del alma colectiva.

EL DISIDENTE. Siempre hay algún futbolista que no comparte las propuestas del entrenador, o que incluso se opone sistemáticamente. El entrenador no puede aspirar a convencer a la totalidad de sus futbolistas. Pretenderlo es una utopía. En su labor “evangelizadora” de sus valores y estilo de juego, siempre habrá algún futbolista que quedará al margen. No existe problema si la disidencia en una plantilla se da solo en casos aislados. Es más, el aparente problema se puede convertir en una oportunidad. El disidente puede ser, sin saberlo y sin quererlo, un colaborador indirecto del entrenador. Su conducta disidente ofrece la oportunidad para que el resto de futbolistas entienda el porqué resta en la construcción del equipo. Bien gestionado por el entrenador, el disidente puede enseñar a sus compañeros qué comportamientos ayudan y cuáles perjudican a la hora de hacer equipo.

EL IRASCIBLE. Es un futbolista de carácter competitivo, con escasa tolerancia a la frustración, que responde con enfados cuando encuentra dificultades o no ve satisfechas sus expectativas. Ese carácter competitivo, irascible y poco paciente lleva a que el enfado le explote en sus propias manos y lo traslade contra sus compañeros, el entrenador o el equipo. A este futbolista se le teme. Los compañeros acaban distanciándose de él para no sufrir sus prontos bruscos o se cohíben y no se desenvuelven con espontaneidad. Lo que puede llegar a proyectarse sobre el terreno de juego.

EL ACOSADOR. Suele mostrarse vestido con el traje de veterano, competitivo, arrogante, retador y muy comprometido con el equipo. Detrás de ese disfraz hay una persona egoísta, que se guía por sus propios intereses, dispuesto a alinearlos con los del equipo solo cuando le interesa, y en el fondo no lleva bien la competencia interna. Puede confundir al entrenador o a los directivos por su aparente compromiso y jerarquía pero no consigue engañar nunca a sus propios compañeros.
Actúa como un maltratador del equipo. En su relación de complicidad con el entrenador o presidente llega a argumentarles “confía en mi” o “déjame a mi” para gestionar asuntos internos del vestuario. El compañero suele distanciarse de él, de forma que su liderazgo es solo aparente. Al tratar de impedir que otros líderes asomen la cabeza, este personaje contribuye a que haya pocos futbolistas dispuestos a sumarse al liderazgo colectivo, dispuestos a tirar del equipo, dibujando un  equipo con poca personalidad.

LA MALA CABEZA. Siempre hay algún futbolista al que le acuden casi todos los problemas. Cuando aún no ha salido de un charco ya se ha metido en otro. ¿Mala suerte? No, mala cabeza. La explicación está en su inmadurez e impulsividad. Es tan impulsivo que ni siquiera piensa después de actuar. Tiene escaso autocontrol, no sabe decir no, se ve atraído por el riesgo. Se equivoca con frecuencia, siempre se muestra arrepentido aunque vuelve a tropezar una y otra vez metiéndose en problemas.
Sin persona no hay futbolista. El talento no es suficiente si no va acompañado de  valores y madurez. Creo más en el talento medio bien amueblado que en el talento salvaje sin amueblar. Una mala cabeza abre grietas en el vestuario atentando contra el concepto de equipo, y suele medir la autoridad o credibilidad de su entrenador, ya que el grupo observa cómo gestiona el conflicto.

EL EGOÍSTA. Hay que reconocer que todos somos egoístas por naturaleza, pues nos guiamos en un principio por metas personales. El egoísmo puede ser inteligente o destructivo para el equipo. Cuando se entiende la potencialidad del trabajo en equipo y uno busca establecer complicidades para que le resulte más fácil alcanzar sus metas, entonces encuentra al equipo. Por inteligencia, eficacia y pragmatismo se acepta al equipo como mejor socio o mayor cómplice y se alinean los intereses personales con los colectivos. Cuando el egoísmo es desmedido e irracional, se vuelve perverso con el equipo y autodestructivo para quien lo ejerce. El egoísmo irracional y desbocado no solo colisiona con el equipo destrozándole, sino que frustra a quien se guía por él llevándole a ver cómo se le escapan sus propias metas por resultarle inaccesibles sin la complicidad con el equipo.

EL NEGATIVO. Se trata del pesimista, que no disfruta ni de su profesión ni de su vida. Las personas negativas se angustian, anticipan posibles dificultades que no tienen porqué darse, se quejan de casi todo, no están conformes con casi nada, sufren por todo… y hacen sufrir a los que conviven con ellas. Es el eterno descontento, la permanente angustia. Lógicamente, este personaje, más que sumar, resta porque impide crear una química colectiva saludable, un buen clima de trabajo y de rendimiento.

EL TÍMIDO. Apenas se le escucha hablar. Se limita a esbozar una sonrisa cuando los compañeros le gastan alguna broma. Se relaciona con muy pocos compañeros y no participa en la dinámica grupal. Aunque puede ser querido por sus compañeros, tiene muy poco peso en el grupo. La timidez es una auténtica barrera cuando hay que trabajar y convivir diariamente con compañeros. Un deporte de equipo exige de habilidades sociales, cordialidad, talante dialogante y conciliador, sentido del humor, tolerancia… El tímido debe cambiar su personalidad por varias razones: ser mejor futbolista, ayudar más a su equipo y poder disfrutar plenamente de su profesión y de las oportunidades que le depara continuamente la vida.